LA COLINA DE LAS AMAPOLAS: LA LUZ DE LA NOSTALGIA

LA COLINA DE LAS AMAPOLAS: LA LUZ DE LA NOSTALGIA

Es evidente que a lo largo de los años Ghibli Studio ha pasado por muchas fases distintas. Tras el éxito de Arriety y el mundo de los diminutos, el estudio estaba en racha y Gorô Miyazaki tenía una segunda oportunidad, con su padre al timón desde el libreto que coescribiría con Keiko Niwa.

La colina de las amapolas es una película que irradia nostalgia pero que a su vez es muy luminosa, abogando por el futuro y por la posibilidad de mirar hacia adelante, no olvidando, pero sí con una mentalidad de reparación de la memoria, de reconstrucción y de compromiso con las nuevas generaciones. En este sentido es muy emocionante, pero lo mejor es que nunca deja de lado el sentido del humor, sobre todo a la hora de mostrar el entusiasmo de los estudiantes y sus vocaciones profesionales además de su ilusión por vivir.

EN LA SENCILLEZ RADICA EN EL ENCANTO

La historia de La colina de las amapolas nos desplaza a Yokohama en el año 1963, momento en el que la joven Umi Matsuzaki vive una especie de doble vida: es una estudiante más de instituto que, junto con su abuela, se encarga de administrar una pensión de estilo occidental, el Coquelicot Manor, en la antigua mansión familiar, situada en lo alto de una colina llena de amapolas.

Su madre, Ryoko, trabaja como catedrática en la Universidad de Nueva York, lo que provoca que Umi se haga cargo también de sus hermanos. Mientras compagina su vida en el liceo con la administración de la pensión asumiendo grandes responsabilidades y con jornadas extenuantes, conoce a Shiro Mizunuma, presidente del consejo de estudiantes, y a Shun Kazama, miembro del club de periodismo. Los dos son lideran la plataforma estudiantil que pide evitar la demolición del Quartier Latin, un antiguo edificio que alberga las diferentes asociaciones estudiantiles del instituto. Entre Umi y Kazama surgirá una historia de amor que se verá enturbiada por antiguos secretos del pasado.

En su sencillez, radica su encanto. Puede que la historia no sea particularmente complicada, de hecho, es fácil que un espectador atento se adelante y más o menos se espere por dónde irán los tiros pero, por una parte, la historia de amor, sencilla, es preciosa y, por otra, tenemos toda la revuelta estudiantil que se posiciona contra el poder establecido para hacer prevalecer su memoria y eso, no tiene precio.

Toda esa parte de la película está narrada de una forma divertidísima, con un gran sentido del humor al mostrar las diferentes inquietudes personales y profesionales de los estudiantes, pero sobre todo su carácter apasionado y su firme voluntad de mejorar para no perder un edificio histórico. Así, ver corretear por los pasillos a integrantes del Club de química cuando sus experimentos estallan, a los dos representantes del Club de arqueología plantearse su supervivencia o al presidente del Club de filosofía buscar adeptos hasta debajo de las piedras, es un cachondeo de lo más hilarante.

Pero hay un mensaje que subyace bajo el enredo: son las jóvenes generaciones las que no quieren dejar el pasado atrás, las que necesitan bucear en él para aclarar sus orígenes y poder, entonces sí, mirar hacia el futuro.

OPINIÓN FINAL

La colina de las amapolas es una película con una trama realista y con la tranquilidad del final de una guerra aunque sin ese toque característico de Ghibli, pero aun así disfrutable. Como nos tiene acostumbrados Ghibli, el film es una joya muy linda, que reivindicó el trabajo que venia haciendo Gorô Miyazaki con su Cuentos de Terramar.

No esperen acción, la obra transcurre en un Japón de los años 60, es bastante lenta, pero con un ritmo preciso conforme a la historia. Fondos con detalles maravillosos, en definitiva, una hermosura a la vista.

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